El tiempo de Dios


El tiempo de Dios

Tienes el tiempo en tus manos. Lo presiento cuando te veo sonreír un momento, callado, descansando de lo que haces. Y por estos días, crees un poquito más en Dios. Lo sé cuando te veo guardar silencio, cuando sólo cerraste tus ojos con la fe de revivir la historia de Jesús en tu mente…

-“No corran. Se van a quebrar los pies, bichos burros”. En semana santa siempre nos prohibían correr. Nos quitaban el tiempo de las manos y solo nos permitían estar sentados. Se cumplía una ley improvisada, inventada algún día para generar respeto ante el sufrimiento de Cristo. Por esos días era prohibido correr, jugar bruscamente, lanzar piedras, gritar, escupir, decir malas palabras, y, en algunos casos, hasta levantarse tarde.

Incluso bañarse en viernes santo era malo, y se decía que era razón suficiente para que pudieras convertirte en pescado o sirena. Algunos vecinos se bañaban ese día y yo jamás vi que les saliera cola o escamas. Les veía el trasero… pero no, nada, la bendita cola nunca aparecía.

–“Misael, no esté corriendo o se va a ganar un jalón de orejas”. Más de alguna vez, por romper alguna regla, mi madre me castigó halándome las orejas, porque castigar con golpes también era prohibido. Ni siquiera podíamos subirnos a los árboles, porque podíamos “quebrarnos todo”, mencionó un día mi abuela, mientras preparaba pan en miel con chilate.

Ahora sigues pensando, robándole horas al sueño para decirte que puedes cambiar en ti, algunas cosas que parecen no ser muy correctas. Crees en la sanación del alma, en el arrepentimiento y el perdón, en las palabras divinas que renuevan tu corazón y lo purifican del pecado…

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Cuando fui creciendo, en la iglesia me dijeron que semana santa era tiempo de reflexión, de encontrarse con uno mismo. Pero incluso había algunos que intentaban revivir el dolor de Jesús, y tú los podías ver todos los días en la iglesia, pero cuando no estaban ahí, hacían todo lo contrario que Jesús enseñaba en las Escrituras. Debes dejar de pensar que tan bueno “crees tú” que eres, o que tan bueno “creen los demás” que eres. Lo importante son tus acciones, mucho más que tus palabras. Para que puedas entenderlo mejor, hace algunos años Arjona me quitó las palabras de la boca, cuando dijo que “Jesús es verbo, no sustantivo”.

La vida no debe reflexionarse solo una semana, sino todos los días del año. Con el tiempo maduras. Pierdes inocencia y ganas realidad por la vida; ya no te preguntas, solo sientes, comprendes y le encuentras una razón a cada cosa que vives…

Se me viene a la mente aquello que alguien me dijo un día que era necesario ayudar “con lo que puedas, a quien puedas y donde puedas”. Por eso ayuda siempre. Pero el mayor regalo que puedes darte a ti mismo, como ser humano, es mejorar cada día en algo, y en esa medida ayudarás al mundo. Todo comienza dentro de ti.

Ahora pienso. He tocado tu sensibilidad. Me miras como un niño que acaba de entender la lección de matemáticas, como aquellas palabras que alimentan el espíritu. Te ayudas a ti mismo. Dejo de escribir un momento y me digo a mí mismo que tal vez ése era el verdadero mensaje de la infancia, cuando en semana santa me decían “no hagas esto o lo otro”. Aún me acuerdo. Decidí escribir ésto hasta hoy, algún tiempo después de haberlo vivido, porque antes, apostaría que me hubieran dicho que “en semana santa era prohibido escribir, solamente está permitido reflexionar y SER BUENO”, nada más…

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